Ahí estábamos… entre risas, pláticas y tequila en casa de alguien que yo ni conocía, pero había algo que destacaba en esa sala, algo que nadie mas parecía ver pero que para mi era como el protagonista de la fiesta.
Hubo momentos en los que estaba completamente ida con mi atención en esto que no podía descifrar…
qué será eso?
cuál es su significado?
por qué estará ahí?
qué de eso será que me está llamando tanto?
Lo que me había atrapado eran unas palabras escritas en una maceta que aunque no sabía su significado, algo había resonado en mí. Y es que así funciona ese magnetismo. Uno no atrae a su vida lo que quiere sino aquello con lo que vibra en la misma frecuencia… y en ese momento, ese fue el reconocer interno que va más allá de la lógica.
Las palabras eran “Om Mani Padme Hum.”
Y así fue como inició mi camino a la meditación y la espiritualidad.
Así, sin contexto. Sin introducción. Sin un monje que me las explicara ni un libro que me preparara. Solo unas letras en una maceta, en casa de alguien que ni conocía, mientras todos brindaban y yo estaba en otro planeta.
Intenté volver a la conversación. Reírme del chiste. Seguir el ritmo de la noche. Pero mis ojos volvían una y otra y otra vez.
Como cuando conoces a alguien y no puedes dejar de mirarle aunque no sepas por qué. Como cuando una canción que nunca habías escuchado te hace llorar sin razón.
Así.
Esa noche no busqué en Google ni tampoco pregunté a nadie qué significaba eso. Algo en mí quería guardarlo. Dejarlo ser misterio un rato más.
Al final de la fiesta ya me había memorizado las palabras sin imaginarme que se quedarían dando vueltas en mi cabeza por tiempo indefinido hasta que fueron ocupando mas espacio del el que ocupaban mis problemas.
Y creo que ahí estuvo la magia.
Porque vivimos en la era de la respuesta inmediata. Nos da comezón no saber. Queremos el significado, la explicación, el paso a paso, el tutorial de YouTube de 7 minutos que nos resuma todo. Queremos entender antes de sentir. Validar antes de confiar.
Pero el alma no funciona así.
Doce años después, si me preguntas qué significa exactamente Om Mani Padme Hum, no te sé decir.
¿Que si se traduce a algo? Sí
Que si hay toda una filosofía detrás? Sí, seguramente, pero no creo que eso sea lo importante.
Lo que sí te puedo decir es lo que significó para mí.
Om Mani Padme Hum fue una puerta.
Fue descubrir que existía un mundo más allá de lo que mis ojos veían y mi mente comprendía. Fue el inicio de un viaje que no sabía que necesitaba. Fue sentarme en silencio por primera vez en mi vida sin saber exactamente qué estaba haciendo, pero al mismo tiempo saber que era justo lo que necesitaba en ese momento.
Fue un enfrentamiento conmigo misma.
De esos que no son bonitos. De esos que te desnudan frente a tus propias sombras y te obligan a ver todo lo que habías escondido debajo de la alfombra. De esos que duelen, pero que sanan.
Fue encontrar maestros que no buscaba. Libros que llegaron en el momento exacto. Conversaciones que me partieron en dos. Crisis que me reconstruyeron. Revelaciones que me dejaron sin palabras.
Fue, en resumen, el inicio de todo.
Y eso es lo que importa.
No el significado intelectual, ni la traducción correcta, ni la pronunciación perfecta, ni la definición de Wikipedia.
Lo que importa es lo que algo significa para ti. Desde la experiencia. Desde el cuerpo. Desde lo vivido.
Porque puedes leer mil libros sobre el fuego, pero hasta que no te quemes no vas a saber realmente qué es el fuego.
No fue el mantra lo que cambió mi vida. Fue hacerle caso al llamado sin entenderlo.
Fue permitirme ser atraída por algo que mi mente no podía categorizar. Fue confiar en esa resonancia rara e inexplicable. Fue decir “no sé qué es esto, pero voy a seguirlo” en lugar de descartarlo por ilógico, o porque el chiste del momento estaba mas bueno, o porque el siguiente shot de tequila me esperaba.
¿Cuántas veces te ha pasado algo así?
Una frase que leíste que no puedes olvidar. Una persona que acabas de conocer pero que se siente como de toda la vida. Un lugar que nunca habías visitado pero que se siente como casa. Un tema que “no tiene nada que ver contigo” pero que no puedes dejar de investigar.
Eso no es casualidad. Eso es frecuencia.
Es el universo (o la vida, o Dios, o como le quieras llamar) enviándote señales en un idioma que tu mente no habla pero tu alma entiende perfectamente.
El problema es que nos han entrenado para ignorarlo.
“Eso no tiene sentido.” “Estás exagerando.” “Mejor enfócate en lo práctico.” “¿Y eso de qué te va a servir?”
Y entonces archivamos la señal, la racionalizamos y la matamos con lógica.
Y seguimos buscando propósito mientras ignoramos las pistas que nos lo están gritando.
No sé qué te está llamando a ti en este momento.
Tal vez es una idea de negocio que “no tiene sentido.” Tal vez es una relación que todos cuestionan. Tal vez es un cambio que te aterra. Tal vez es algo pequeño: un libro, una práctica, una curiosidad que no se va.
No necesitas entenderlo para seguirlo. No necesitas el plan completo para dar el primer paso. No necesitas permiso de nadie para confiar en lo que resuena.
Tu alma ya sabe.
La mente siempre va a querer un mapa. Un manual. Una garantía de que no vas a perder el tiempo, ni el dinero… pero el alma no trabaja con garantías. Trabaja con fe. Con resonancia. Con ese “no sé por qué, pero sí” que se siente más verdadero que cualquier argumento lógico.
¿Y sabes qué es lo más chistoso de todo?
Hoy me volví a encontrar esas palabras. Doce años después en el baño de un establecimiento random.
Así, sin más. En el dispensador del papel de baño y me reí sola como loca, porque el universo tiene un sentido del humor muy particular.
Pero también me quedé pensando: y si esas palabras en ese baño le cambian la vida a alguien más?
Y si alguien entra un día cualquiera y algo en esas cuatro palabras lo atrapa igual que me atraparon a mí hace doce años? Y si ese es el momento exacto en el que su vida da un giro que no veía venir pero que venía pidiendo desde hace tiempo?
Porque así funciona esto.
Lo sagrado no siempre llega en templos ni en retiros de montaña. A veces llega en una fiesta con tequila en mano y en casa de alguien que no conoces. A veces en el baño de un restaurante o en el lugar más inesperado, en el momento más ordinario, cuando menos lo estás buscando.
Y eso es lo más increíble.
Que el llamado no tiene reglas. No tiene protocolo. No tiene lugar ni hora ni forma correcta de aparecer.
Solo necesita que estés lo suficientemente presente (o lo suficientemente distraído) como para notarlo.
Comments
Leave A Comment